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Mostrando entradas de octubre, 2008

A propósito de José Joaquín Burgos

No hay pecado alguno en la palabra que atormente los sentidos. Francisco Sevilla Alguna vez la profesora Laura Antillano me dijo, en una clase de Literatura venezolana, en los predios de la UC, que: "No leemos a los demás, nos leemos a nosotros mismos a través de los demás" y nunca sentí esta frase tan mía, como cuando leo, a cada instante, casi como un ritual, a Piel de Sueño (1997), editado por el Gobierno de Carabobo, del poeta José Joaquín Burgos. Cómo decir, que yo soy esa princesa de la Casa Encantada, que no es Emily Dickinson su verdadera dueña, que soy la maga de sus sueños, la fugitiva que se pierde entre las sombras, que cada verso me traspasa como flecha y quedo, como siempre, dando vueltas en sus Transfiguraciones ? ¿Cómo decir que ardo sola, en la inmensidad de la noche, y que ya no puedo apagar este fuego? ¿Cómo decir, que andaba perdida y llena de vacío, y que ahora soy la cayena y el colibrí que colorea su página en blanco? ¿Cómo decir, que entre los árbole

¡Ay, qué bueno fuera!

Reconocer los méritos ajenos, aun cuando procedan de nuestros enemigos, es un principio básico de urbanidad. Hace catorce años conocí al poeta Luis Mariano Rivera , lamentablemente ya fallecido, allá en su Canchunchú Florido , estado Sucre. En ese viaje recibí de sus manos un hermoso disco llamado Canchunchú en el Recuerdo , donde recita, La Guácara, La Cerecita y ¡Ay, qué bueno fuera!, este último poema goza de un extraordinario lirismo; Luis Mariano se manifiesta con nobleza desbordada, y recurre a las palabras de Jesús en Alta Voz, como soporte de su propia vida y ejemplo para los demás. Todo en él era natural, amaba las cosas simples, la florecita silvestre, su negra compañera, la campesina, su rancho: la casa de todos. Fue, indudablemente, un ser humano maravilloso y de una legendaria generosidad. ¡Que vuelen sus palabras junto con los pájaros por una eternidad, como diría el poeta José Joaquín Burgos ! *** ¡Ay, qué bueno fuera! si yo por esfuerzo éxito obtuviera y tú por mi tr

Metaphoram

Si llego a amarte por favor que no lo sepa el viento. Tomasa Ochoa Cordero En esta primera entrega quiero hablar de una pequeña im-pertinencia literaria dentro del quehacer poético: ¿Qué sería del poema sin la grandiosa metáfora, madre de todas las imágenes? Con frecuencia le llaman poema o poesía a cualquier escrito o pensamiento porque expresa alguna emoción, pero en la realidad poética -o irrealidad- sólo la imagen, la más grande: la metáfora, deja al descubierto el poema; éste se levanta y cobra vida; a su vez ella se alimenta de realidades contrarias, de opuestos y, mientras más lejanas, entonces más bella y más grande será. El poema, cuando se encuentra preñado de metáforas, existe, cuando no, se cae, se destruye, se niega a sí mismo. Tomasa Ochoa Cordero (1915) poeta y pintora montalbanera, a quien tuve la fortuna de conocer en casa de la familia Flores Chirivella, nos muestra desde Viento de sequía sobre el arado , estos poemas, donde la sublime metáfora, trasciende y justifi